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martes, 31 de julio de 2018

Por qué me fui–y regresé–al trabajo más gratificante de la Tierra


Actualización marzo 2020: Esta publicación fue escrita originalmente hace casi dos años. Mi situación actual en el Departamento de Educación es más estable y ya no soy maestra transitoria. De todas formas, nunca olvido cómo comencé y cómo pasar por todo esto me trajo a donde estoy ahora. A continuación, mi publicación original:

Tal vez mis razones para irme te suenen triviales. Tal vez tú estés pensando en irte por las mismas razones que yo lo hice. O tal vez tengas otras razones. Permíteme aclarar que no estoy diciendo que nunca debes renunciar a ser maestro porque eso signifique que no tienes vocación. Hay muchas razones para dejar la profesión docente. Pero también hay algunas bastante buenas para quedarse. Renunciar fue en realidad una decisión acertada para mí. Déjame explicarte por qué. Busca una taza de café; esta lectura es larga.

Los primeros años caóticos


Cuando me gradué de la universidad, estaba ansiosa por comenzar a enseñar. Mi experiencia de práctica fue buenísima, y me sentía lista para cambiar el mundo. Sin embargo, no me orientaron bien y tuve que esperar un año para obtener mi Certificación Docente de Español a nivel Secundario, a pesar de haber pasado las pruebas con excelente puntuación. Esto significaba que no podía solicitar un trabajo en el sistema escolar público. Así que fui a algunas entrevistas en escuelas privadas y acepté un trabajo muy mal remunerado en una de ellas. Nunca antes había tenido un trabajo de verdad, estaba soltera y vivía con mis padres, así que en ese momento no era tan malo. Fue una experiencia de aprendizaje muy buena: tenía exceso de trabajo, era una maestra joven y bonita de 22 años, tenía estudiantes desafiantes, en su mayoría varones de 11 a 17 años de edad, algunos padres problemáticos, y no mucho apoyo administrativo. Tampoco tenía mucha libertad en términos de currículo. Pero sobreviví, aprendí mucho y le tomé mucho cariño a mis alumnos. Me ofrecieron un trabajo para el próximo año, pero lo rechacé para probar las aguas desconocidas de la educación pública.

Lamentablemente, esto ocurrió casi al mismo tiempo en que la terrible crisis financiera de Puerto Rico estaba saliendo a la superficie, y una nueva ley había despedido a muchos servidores públicos, lo que echó a perder cualquier posibilidad de estabilidad laboral en los próximos años. Así entró Keira al mundo del «maestro transitorio». Básicamente, esto significa que los contratos se otorgan por un año, debes volver a solicitar un empleo todos los veranos y esperar una llamada, y si te llaman, puede ser que comiences o no al inicio del año escolar, y probablemente en una escuela diferente a la del año anterior.

En septiembre recibí mi primera llamada. El problema: no sería una maestra regular de Español. Tendría que enseñar una clase de Título I remedial en el séptimo grado, con énfasis solo en la comprensión de lectura, para ayudar a la escuela a obtener mejores resultados en las pruebas estandarizadas. Las clases ya habían comenzado cuando llegué a mi trabajo, y como comienza cualquier buena historia, la directora me lanzó a los lobos el primer día. «Bienvenida, qué bueno tenerte aquí. Bien, estarás con este grupo. Están en ese salón. Buena suerte». O algo parecido. Y así fue como comenzó mi primer semestre en el sistema escolar público.

Todavía hoy desearía no ver a algunos de esos alumnos de frente.

Me había acostumbrado al curso remedial de 7mo, cuando en el segundo semestre, me dieron nuevas noticias. Ahora iba a ser la maestra regular de Español de noveno grado, y la otra maestra tomaría mi lugar en el séptimo grado. Permíteme decir esto: los jóvenes no tenían estructura alguna, hacían lo que les daba la gana y eran extremadamente irrespetuosos. Era demasiado tarde para enseñarles estructura, y estoy casi segura de que me odiaban. Y debo admitir que todavía hoy desearía no ver a algunos de esos alumnos de frente. Así de malo fue. Menos mal que yo era una «maestra transitoria», así que el próximo año sería otra historia.

Llegó el verano, y este año escolar me ofrecieron trabajo un poco antes, durante los días de desarrollo profesional, pero antes de que comenzaran los estudiantes. Pero la receta para el desastre comenzó con cómo lo conseguí el empleo. Cuando estaba a punto de firmar mi puesto en las oficinas regionales del Departamento de Educación, un hombre interrumpió a la empleada que trabajaba conmigo y se presentó como el director de la escuela a la que yo iba. Siendo cortés, extendí la mano y me presenté como su nueva maestra de Español. Su rostro cambió. Me dijo: «Ya tengo las plazas para maestros de Español ocupadas...  Pero… ¡espera! Creo que puedo justificar otra. Las características y la población de la escuela pudieran beneficiarse de esto». Se fue por un momento, y poco después volvió. «Ya está. Estarás enseñando en equipo. La otra maestra es joven como tú; ¡será fantástico!»

Así que me dieron el trabajo. Pero el primer día, durante una reunión de desarrollo profesional, el mismo director me presentó al resto del personal: «Esta es Keira Lebrón. Ella es nuestra maestra nueva y estará sustituyendo a los maestros que se ausenten». Sentí que podía desmayarme. Pero aunque me defendí allí mismo y le dije al resto del personal que era una maestra de Español regular y que estaría enseñando Español, en menos de una semana ya me tenían sustituyendo a los profesores ausentes. Era un desastre. Déjame decirte que en Puerto Rico no existe nada parecido a un programa de maestros sustitutos. Por lo tanto, no había nada de planes, ni rutinas, ni hojas de trabajo, nada. Tenía que idear todo el material e intentar hacer que niños alborotados se preocuparan por una clase que no contaba.

Me acosaban.

Entonces, cuando otra profesora de español (la Sra. I) se fue unas pocas semanas por licencia por enfermedad, me sentí aliviada de que el director me pusiera a cargo de sus grupos. ¡Cuán equivocada estaba! Esta maestra era una diosa. Los estudiantes la amaban. Y me dejaron muy claro que yo no estaba a su altura. Déjame ser clara. Me acosaban. Sí, me lanzaban bolas de papel cuando estaba de espaldas, me faltaban el respeto constantemente, me insultaban, no hacían nada del trabajo asignado y sus notas comenzaron a ir cuesta abajo, y muy rápido. Te puedo asegurar que no estaba siendo una mala maestra. Era creativa, innovadora, conocía mi material, era divertida y justa. Para empeorar las cosas, la maestra original regresó de la licencia por enfermedad, pero no regresó al aula porque tenía «una maestría en tecnología y estoy ayudando con algunos asuntos administrativos muy importantes para la escuela». Tomé la decisión ingenua de pedirle a la Sra. I consejos sobre el manejo del aula en varias ocasiones, y ella siempre respondía con asombro e incredulidad ante lo que yo le decía que hacían los estudiantes. El último día que compartí un incidente con ella, incluso tuvo el descaro de decirme: «¿Pero qué te pasa, Lebrón? ¡¿Tú no fuiste a la universidad?!».

Un corazón roto


Esta escuela me rompió. Viajaba solo 5 minutos para llegar allí, pero no quería levantarme por las mañanas. Lloré mucho. Así que fui a un psicólogo por primera vez en mi vida y le supliqué que me recomendara un tiempo libre. Me dio dos semanas. Durante esas dos semanas, reflexioné sobre lo que iba a hacer. Le escribí una carta al director sobre lo que tenía que pasar el próximo semestre, porque antes, cuando me reunía con él, siempre se me formaba un «taco» en la garganta, así que escribí esto: No puedo seguir haciendo esto. Necesito regresar con la maestra con la que hacía team teaching, o puedo ayudarlo con cualquier cosa administrativa que necesite. No tengo la experiencia de la Sra. I, pero aprendo rápidamente. Lo importante es que no puedo ser la maestra de esos alumnos. Ellos también se están afectando. Están bajando las notas y suplican que regrese su antigua maestra. Básicamente, me dijo: «No puedo hacer eso. Lo mejor que puedo hacer es que atiendas tres grupos y la Sra. I puede atender dos».

Me fui de vacaciones de invierno con eso en mente, y tras mucha oración, y tras hablar con mi novio en aquel momento y mis padres, decidí que su oferta no valía la pena. Escribí otras dos cartas: una propuesta y una carta de renuncia. Cuando regresamos en enero, el director me saludó con: «Lo siento, lo que te ofrecí anteriormente de que podías atender tres grupos y la Sra. I dos, no podrá ser. Tienes que tomar los cinco». Saqué la carta de renuncia y me despedí.

Una pausa


Pasaron cuatro años. Ahora estaba casada y había adquirido una nueva destreza a través del trabajo religioso voluntario: el lenguaje de señas americano. Trabajé como asistente administrativa por un tiempo, y luego solicité en una compañía como intérprete educativo. Este trabajo me llevó de regreso a la escuela y me recordó la importancia de ser maestro. Lamentablemente, fue debido a los malos ejemplos que me convencí.

Durante mi tiempo como intérprete, aprendí cómo un maestro puede marcar a un estudiante, para bien o para mal. Vi cómo un maestro incompetente puede aplastar el espíritu de un estudiante con potencial. Sentarme en un salón de clases desde una perspectiva diferente me hizo consciente de muchas cosas: de cómo la falta de planificación afecta la instrucción de un maestro, de cómo algunos estudiantes son ignorados por completo, de cómo el comportamiento de un maestro puede crear un ambiente de aprendizaje particular (o un ambiente para desaprender), de cómo a algunos maestros nunca se les debe permitir estar cerca de los niños, entre otras cosas. La interpretación también me hizo extrañar la escuela; me hizo recordar la emoción de la sonrisa de un estudiante cuando finalmente entiende algo, sus bromas y sus personalidades graciosas.

Confío en que si no hubiera sido por dejar la enseñanza en primer lugar y por mi trabajo de intérprete, no habría experimentado lo que necesitaba para darme cuenta de que debía ser maestra y que no había perdido 5 años valiosos haciendo mi bachillerato en Educación. Ahora me sentía más fuerte y más madura que en mis experiencias anteriores.

Una segunda oportunidad


Así que decidí darle una segunda oportunidad a la educación. Han pasado casi cuatro años desde esa decisión. Ha sido una bendición poder permanecer en la misma escuela durante esos cuatro años, la escuela de mis sueños, en la que hice la práctica docente. Ha sido como cerrar un círculo. Pero todavía no tengo estatus permanente. Hasta el día de hoy, no estoy segura de si tendré trabajo al 6 de agosto. ¿Quisiera regresar a este trabajo súper mal pagado, altamente estresante y poco altamente gratificante? ¡Eso espero!





3 comentarios :

  1. Truly fascinating and sad to hear about Puerto Rico’s reality. What’s shown is la perseverancia del Puertorriqueño, wow!! Not broken but built stronger. Makes me proud to hear your story. Thank for sharing, thank you!

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  2. Gracias por compartir tu experiencia! Me veo reflejada en tu testimonio. Soy maestra, renuncié en el 2018 al Departamento de Educación. Fue una decisión muy difícil para mi. Luego de ser maestra en el sistema público de enseñanza de Puerto Rico por 19 años decidí renunciar y acogerme al Retiro Voluntario que ofrecieron. En mi caso solo estuve en 3 escuelas. En la ultima que estuve porque pedí cambio por que me mudé de pueblo fue horrible mi experiencia. Ahí estuve 5 años. La administración no apoyaba al maestro, los padres prácticamente "mandaban" poca supervisión, que redundaba en otros problemas, etc. En mi caso me cansé de nadar contra la corriente y renuncié. Me alegra saber que somos más los buenos! Exito!

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